Carta

El olivo que se parte

Escrito escuchando: Olivos — Arde Bogotá

Un olivo viejo y solitario en un campo seco

A quien lo encuentre,

Hay una canción que empieza diciendo que a veces se imagina muerto y que eso le ayuda a relajarse. La primera vez que la escuché paré lo que estaba haciendo. No porque me asustara. Porque me reconocí.

No hablo de querer morirse. Hablo de algo más silencioso. De esos días en los que fantaseas con desaparecer un rato. No para siempre. Solo lo suficiente para que todo se calle. Para dejar de sostener.

El tipo dice que es como un olivo viejo que se parte bajo sus propias ramas. Y esa imagen me persigue porque es exactamente así. El peso no viene de fuera. Nadie te ha puesto nada encima. Son tus propias ramas. Tus propios compromisos. Tus propias respuestas de “estoy bien”. Tu propia incapacidad de decir que no puedes más, porque técnicamente sí puedes. Siempre puedes un poco más. Hasta que no.

Lo que me rompe de esta canción es el momento en que dice que quiere desdoblarse. Salir de su cuerpo, mirar al olivo desde fuera y hablarle. Como si la única forma de ser amable consigo mismo fuera convertirse en otro. Como si necesitara verse desde la distancia para darse permiso de decir: oye, ya basta, ven aquí.

Y eso es lo que hace. Se mira desde fuera y se dice lo que no puede decirse desde dentro: que vendrá la primavera a abrazarle.

No dice que la primavera lo arregle. No dice que el olivo deje de estar seco. Solo dice que vendrá a abrazarle. Y eso es todo. A veces es todo.

Me fijo en cómo cambia el pronombre. Empieza hablando de “los olivos miserables” en tercero. Como si fueran otros. Luego pasa a “abrazarme”. Ya es él. Y al final dice “abrazarnos”. Y ahí estamos todos. Todos los que paramos la canción en el primer verso porque nos reconocimos.

Hay una cosa que no dice la canción pero que yo escucho debajo: que pedir ayuda y necesitar ayuda son cosas distintas. Puedes necesitarla durante años sin pedirla nunca. Y puedes pedirla un martes cualquiera sin saber muy bien por qué ese martes y no otro. No hay un momento correcto. Solo hay un momento en que el olivo decide que partirse no es la única opción.

No sé si quien escribió esto estaba bien o mal cuando lo escribió. Supongo que da igual. Lo escribió. Y alguien lo escuchó y paró lo que estaba haciendo.

Eso hacemos. Paramos. Escuchamos. A veces nos reconocemos. A veces eso es suficiente.

Alguien, en algún sitio.