Carta

Lo que está en la raíz

Escrito escuchando: Hasta la raíz — Natalia Lafourcade

Raíces de un árbol entrelazadas con flores silvestres

A quien lo encuentre,

No elegí que se quedara. No hubo un momento en el que dije: esto me lo guardo. Fue un gesto, un olor, una forma de mirarme que no había visto antes. Duró poco. Puede que una tarde. Puede que menos. Pero algo que llevaba dormido dentro se movió, y lo que se despierta así ya no se vuelve a dormir.

Hay una canción que dice: yo te llevo dentro, hasta la raíz. No dice cuánto tiempo estuvo esa persona. No dice si fue un año o un café a las cuatro de la madrugada. Dice hasta la raíz. Y la raíz no mide el tiempo. Mide la profundidad.

Lo que se queda no es lo que recuerdas con la cabeza. La cabeza edita, ordena, pone fechas. Lo que se queda es lo que recuerdas con el cuerpo. La presión de unos dedos en el brazo. El calor exacto de una habitación. Un olor que no sabrías nombrar pero que reconocerías con los ojos cerrados en medio de una multitud. El cuerpo no olvida lo que la cabeza intenta archivar.

No siempre sabes por qué esa persona y no otra. Había gente delante, detrás, al lado. Gente con la que compartiste más horas, más palabras, más planes. Y sin embargo es ese momento el que echó raíz. Ese silencio que pesaba distinto. Esa voz diciendo algo que no recuerdas con palabras pero sí con el estómago. Lo sentiste antes de entenderlo. Y cuando quisiste entenderlo, ya era tarde. Ya estaba dentro.

La raíz no se queda quieta. Vuelve. En oleadas, sin aviso, a veces años después. Suena una canción en un sitio cualquiera y lo que tenías enterrado se mueve. No se rompe nada. Solo tiembla. Lo justo para recordarte que debajo de todo lo que construiste hay algo vivo que sigue creciendo en silencio. Echas brotes sin saberlo. Dices una frase que era suya. Hueles algo y se te cierra la garganta medio segundo. La raíz no avisa. Aparece y se va. Y vuelve.

La canción dice que sigue sacando espinas de lo profundo del corazón. Eso me atrapa. Porque no dice que las sacó. Dice que sigue. Es un presente continuo. No termina. No se supera. Se convive. Y hay algo honesto en aceptar que ciertas cosas no se arrancan porque ya no son de otro. Son tuyas. Se metieron tan adentro que se convirtieron en la forma en que miras por la ventana, en la costumbre de guardar las cosas bonitas en cajas, en una manera de estar en el mundo que ya no sabes si es tuya o es de quien te la dejó sin querer.

Lo que más me remueve es el momento en que alguien te toca algo que no sabías que tenías. No te lo pone. Te lo despierta. Y eso es aterrador y hermoso a la vez. Aterrador porque no lo pediste. Hermoso porque llevabas años caminando por encima de algo dormido y bastó un gesto para que todo temblara. Puedes esconderte. La canción dice eso también: aunque yo me oculte tras la montaña. Da igual. La raíz te encuentra. No porque te persiga. Porque ya está dentro y no necesita buscarte.

Escribo estas cartas un poco así. Como quien pasa humo por encima de cada recuerdo. No para borrarlo. Para limpiarlo y dejarlo donde estaba. En su sitio. Brillando un poco más.

Escribo tu nombre en la arena, dice la canción. Y la arena se lo llevará. Y da igual.

Porque el nombre no está en la arena. Está en la raíz. Y la raíz no se escribe. Se lleva.

Alguien, en algún sitio.