Tachado

Lo que quise decir

Una mano con bolígrafo sobre un cuaderno con tachaduras

A quien lo encuentre,

Esto no es fácil de escribir. Esto no debería ser difícil de escribir, pero lo es.

Hay cosas que no dije cuando tocaba. Hay cosas que callé porque decirlas habría cambiado algo, y no estaba segura de querer que cambiase. Tenía miedo. No era miedo exactamente. Era algo más parecido a la parálisis que sientes cuando estás en el borde de una piscina y sabes que el agua está fría. No es que no sepas nadar. Es que conoces el golpe del frío.

Debería haber dicho que no estaba bien. Debería haber dicho que llevaba semanas sin dormir más de cuatro horas. Pero en lugar de eso dije estoy cansada, que es lo que decimos cuando no queremos que nos pregunten más. Cansada cierra la puerta justo lo suficiente.

Lo peor es que me creyeron. Lo peor no es que me creyeran. Lo peor es que yo también me lo creí durante un tiempo. Me repetí cansada tantas veces que dejé de buscar la palabra real. Y la palabra real era tristeza era agotamiento era una mezcla de las dos que no tiene nombre en ningún idioma que conozca.

No sé por qué escribo esto. Sí lo sé. Escribo esto porque tachar es la forma más honesta de escribir. Porque dejar la primera versión visible es decir: mira, aquí dudé. Aquí mentí. Aquí me acerqué a algo y me eché atrás.

La versión limpia de un texto esconde todo el miedo que hubo antes de la frase definitiva. Y eso no es justo. Y quizá no siempre haga falta ser justo, pero hoy me apetece ser honesta.

Fin. No hay fin. Solo el punto en el que dejas de tachar.

Alguien, en algún sitio.